Dada la hora a la que nos habíamos levantado y los horarios franceses de comida, optamos por ir a buscar algún sitio que ofreciera un Bruch. En la guía vimos uno que tenía buena pinta y que al parecer no podía quedar muy lejos de la residencia. Efectivamente, ahí estaba, cruzando el puente a la izquierda, dos pasos había que dar, nada más, pero no, maldita ley de Murphi y razonamiento de Laura. Tiramos para la derecha, a la búsqueda del número 5, donde estaba el sitio en cuestión. “Por aquí está el número 11, a ver cual es el siguiente...ah, mira, el 13” Entonces será para el otro lado! Dijo Andrea. Y Laura: “no no, pero Notre Dame está para el otro lado, y en la guía pone que se ve desde el local” Pues por ese camino seguimos hasta que acabamos la calle, allá por el número 49...Meeeeeeedia vuelta, otra vez a pasar por delante de la gente que estaba en las terrazas y que ya nos había visto pasar. Llegamos, peeeeero, cerradico a cal y canto! Y nosotras sin desayunar... bueno, una nectarina y una galleta en la habitación.
Visto lo visto, decidimos volver a la calle en la que habíamos cenado la noche anterior, no en busca de Mathiue, no no, sino de un sitio que Laura recordaba que anunciaba brunch. Llegamos, vemos el toldo con unas letras tamaño gigante que dice: BRUNCH. Ilusas nosotras que supusimos que allí habría lo que se anunciaba....Vuelta a buscar!
Pues nada, acabamos con un crepe de Nutella, sentadas en el bordillo de una calle peatonal, viendo pasar a gente de todo tipo y a niños que querrian ser nosotras para degustar semejante crepe que éramos incapaces de acabarnos...Un niño muy salado pasó delante nuestro una vez, y al cabo de un rato volvió a pasar en sentido contrario, y al ver que nuestro crepe no había decrecido desde la vez anterior, empezó a mirarnos, continuando su camino por delante de nosotras, despacito despacito, y chuperreteándose los labios de un lado a otro de la boca, y después simulando un mordiscazo al dulce en el aire. Para él debió ser uno de esos momentos en los que uno piensa: madre mia que injusto es este mundo, Dios da pan a quien no tiene dientes...dame a mi ese crepe y verás como desaparece...
Cuando nos levantamos, fuimos en busca de la Alianza Francesa, para ver dónde estaba. Anduvimos un montón, pero la verdad es que por unas calles muy amplias, sin apenas gente, y con una temperatura muy buena. Aprovechamos para hacer un inciso y recomendar a futuras viajeras que no traigan faldas fácilmente levantables por el viento...es muy incómodo ir cogiéndola todo el rato!
Bueno, seguimos. En nuestro camino, en una de estas, por la carretera iba un coche de estos tipo safari, mini todo terreno con la cubierta de atrás de plástico, de unos militares, con el mismo uniforme que el de la metralleta del aeropuerto del día anterior. La acera era muy ancha, y nosotras no íbamos al lado de la carretera, pero ellos empezaron a ir con el coche, tan lento como íbamos nosotras. Nos miraban, sonreían, nos volvían a mirar...y nosotras como dos suecas, jaja jjiji con el máximo disimulo que pudimos pero ni caso. Al poco retomaron la velocidad normal y nos dijeron adiós sacando las manos por las ventanillas. Qué risa.
Cuando ya teníamos ubicada la Alianza Francesa, decidimos ir a comer algo mientras nos acercábamos de nuevo a la residencia.
Nos metimos a un restaurante muy chulo, con vistas a la que después supimos que era la iglesia más antigua de París. Nos sentamos y miramos la carta. Mmmmm, ensaladita fresquita... para bajar el crepe! Pedimos, y cuando nos lo trajeron empezamos a comer con tranquilidad. Estábamos las dos sentadas en un sofá, la una al lado de la otra mirando hacia la calle. Un sitio muy agradable y bonito.
De pronto a Laura le entró la neura de que uno de los camareros nos miraba raro. No de que le hubiéramos gustado, no no, raro.
Nos metimos a un restaurante muy chulo, con vistas a la que después supimos que era la iglesia más antigua de París. Nos sentamos y miramos la carta. Mmmmm, ensaladita fresquita... para bajar el crepe! Pedimos, y cuando nos lo trajeron empezamos a comer con tranquilidad. Estábamos las dos sentadas en un sofá, la una al lado de la otra mirando hacia la calle. Un sitio muy agradable y bonito.
De pronto a Laura le entró la neura de que uno de los camareros nos miraba raro. No de que le hubiéramos gustado, no no, raro.
¿Estaríamos haciendo algo mal? ¿No seríamos lo suficientemente chics como para estar allí? Eso no podía ser, porque había un par de guiris de estos cuya foto acompañarían a la definición de la palabra en un diccionario, y ahí estaban!
Al poco, el camarero volvió a mirar, y nosotras le miramos también. Andrea padecía de sordera durante la comida, y no entendía nada, fuera el idioma que fuera: inglés, español, francés... nada. Pero Laura entendió que dijo: “Where are you from?” Debemos parecer inglesas o americanas, porque otro camarero también nos preguntó si todo estaba bien en inglés. Laura contestó: Spain. Él se rió y en “español” preguntó que de que parte. Eso fue casi lo único que entendió Andrea en lo que duró la comida, y contestó que de Valladolid y Madrid. A lo que él respondió señalándose: Galicia.
Se nos acercó y nos dijo que su padre era de allí, pero que le había traído a París de muy pequeño y que había perdido el acento. El acento y lo la mitad de idioma, pero bueno. De pronto, nuestro camarero, se le acercó y en francés y con un cierto volumen, pero notándose que era de coña, le dijo que se marchara a atender la terraza, que al parecer era su zona, y el gallego, también de risas nos dijo: “es que no quiere que hable con vosotras. Cabrón!” Y se fue.
Seguimos comiendo, y al poco, el matrimonio (suponemos) de la mesa de al lado nos dice: Ustedes son mucho más lindas que las francesas. Reaccionamos, dimos las gracias y nos pusimos a hablar con ellos. Eran mejicanos, entre los 50 y los 60, y médicos. Habían viajado por un montón de sitios, y nos informaron sobre diversos países, incluido el nuestro. Vergüenza nos dio... Más majos....fueron ellos los que nos informaron de la antigüedad de la iglesia que teníamos al lado. La mujer ya había observado nuestras conversaciones con los camareros, y se había estado sonriendo.
Bueno, acabamos de comer y vino nuestro camarero, que no era el gallego, a retirar los platos y ver si queríamos postre. Le dijimos que no, merci, tras lo cual Andrea volvió al estado de sordera que la llevaba acompañando intermitentemente durante ese tiempo y no fue capaz de entender ni una sola de las palabras que el camarero la decía, y que según Laura fueron: “¿Dos copas de champán? ¿Una para ti y otra para mi?” Andrea se limitó a sonreir (bendito grupo de facebook de “no tengo ni idea de lo que acabas de decir, así que sonreiré y rezaré para que no haya sido una pregunta”) En este caso sí que era una pregunta, pero la sonrisa debió ser fácilmente interpretable. Él sonrió también y se llevó los platos. Volvió y nos dibujó en un posavasos una carita y puso: “Souvenir de Paris. Gregory”
Después volvieron a aparecer los dos, y el gallego preguntó nuestros nombres. Él se llamaba Manolo. A su compañero no le entendimos ninguna de las dos, pero como nos había firmado el posavasos deducimos que se llama Gregory. Fue entonces cuando Manolo le echó valor y le dijo a Laura algo así como que si volvía esa noche, la invitaba a un “vaso” y la enseñaba Paris. Ella sonrió. A la salida nos despedimos de ellos, y lo volvió a repetir. Au revoir Au revoir y Laura dijo que no. Sinceridad ante todo, pero con una sonrisa.
Visitamos la iglesia, si que es vieja, si, pero bonita. Disfrutamos del final finalísimo de un concierto que estaban dando dentro, y vimos lo caro que resulta en Francia pedir deseos.
Decidimos ir a ver Notre Dame, paseando por la orilla del Sena, con vientos racheados de olores asquerosos y diversos (No todo París es Eau de Chanel) en busca del barquito desde el que nos habían saludado la noche anterior. No lo encontramos, pero no desistiremos.
Ya llegando a Notre Dame, Andrea metió la gamba al darle un codazo a Laura pensando que dos chicos estaban intentando preguntarnos algo. Laura, la pobre, se giró hacia el chico y le dijo: Oui? Él chico, perplejo, miró a su amigo y le dijo: españoles. Y acto seguido, cortado: “Sorry, I wasn’t talking to you” Muertas de la risa nos quedamos.
Nos centramos ya en Notre Dame y después de una sesión fotográfica, nos fijamos en el enorme cola que había para entrar. Rápida tanto a la hora de avanzar como a la hora de renovarse de gente. Estábamos cansadas, y no nos apetecía mucho entrar en ese momento, pero volveremos, claro que sí.
Nos quedamos mirando las vistas y cómo la gente daba de comer a los pájaros.
jajaja.Ya estoy viendo el de mañana: "clase,clase,clase y estudio estudio,estudio" (es broma)
ResponderEliminarya hemos hecho los deberes. Laura ha tardado 5 minutos. Andrea 15 (porque son mas, no porque sea mas lenta :P)
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